Los seres humanos en general hablan del cielo y su deseo es
poder entrar y estar allí por la eternidad “La Biblia” nos enseña que el
requisito principal para entrar en el cielo es la fe en Jesucristo. Basados en
esto, el deseo de entrar al cielo se alinea con una promesa central de vida eterna,
comunión perfecta con Dios y la restauración total de la creación, donde ya no
existirá el sufrimiento. Para la teología bíblica, el cielo no es solo un lugar
físico en las nubes, sino el estado definitivo de paz y felicidad al que el ser
humano está invitado.
Me mostrarás el
camino de la vida, me concederás la alegría de tu presencia y el placer de
vivir contigo para siempre. (Salmos 16:11 NTV)
Yo soy la puerta;
los que entren a través de mí serán salvos. Entrarán y saldrán libremente y
encontrarán buenos pastos. (Juan 10:9 NTV)
Jesús le contestó: —Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede ir al Padre si no es por medio de mí. (Juan 14:6 NTV)
El Señor Jesucristo no se presenta como una puerta entre
muchas, en un mundo lleno de opciones, Él se revela a la humanidad claramente
como la única salida de la muerte espiritual y de la condenación eterna. Esto
nos recuerda que nuestra salvación no se encuentra en filosofías o doctrinas
humanas, sino solo en Él.
¡En ningún otro hay salvación! Dios no ha dado ningún
otro nombre bajo el cielo, mediante el cual podamos ser salvos. (Hechos 4:12 NTV)
La Biblia nos revela la identidad de los verdaderos discípulos y de los
verdaderos hijos de Dios y que se define no por las apariencias religiosas o
palabras vacías, sino por la condición de su corazón y evidencias prácticas en
su vida diaria. Los verdaderos discípulos de Jesucristo son aquellos que
escuchan, retienen y ponen en práctica su palabra con un corazón sincero y
fértil, tal como enseña la parábola del sembrador. Jesús mismo señaló que la
marca distintiva de un discípulo genuino es el amor sacrificial hacia los demás,
la permanencia constante en sus enseñanzas y la producción de frutos
espirituales que reflejen una vida transformada, se ve reflejado en la manera
en que tratamos, valoramos y respetamos a nuestros semejantes, a nuestro
prójimo.
Jesús les dijo a los que creyeron en él: Ustedes son
verdaderamente mis discípulos si se mantienen fieles a mis enseñanzas. (Juan 8:31 NTV)
El amor que tengan unos por otros será la prueba ante
el mudo de que son mis discípulos. (Juan 13:35 NTV)
Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que han
experimentado el nuevo nacimiento espiritual mediante la fe en Cristo,
permitiendo que el Espíritu Santo gobierne y renueve su interior (pasando de un
"corazón de piedra" a un "corazón sensible a Su voluntad").
La Biblia nos revela que los hijos de Dios son guiados por el Espíritu Santo,
adoptados en su familia celestial y se caracterizan por vivir en obediencia a
Su Padre, manifestando un carácter íntegro y apartado del pecado.
Pues todos los que son guiados por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios. (Romanos
8:14 NTV)
Pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron,
les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no
mediante un nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa
humana, sino por medio de un nacimiento que proviene de Dios. (Juan 1:12-13 NTV)
Si me aman, obedezcan mis mandamientos. Y yo le pediré
al Padre, y él les dará otro Abogado Defensor, quien estará con ustedes para
siempre. Me refiero al Espíritu Santo, quien guía a toda la verdad. El mundo no
puede recibirlo porque no lo busca ni lo reconoce; pero ustedes sí lo conocen,
porque ahora él vive con ustedes y después estará en ustedes. (Juan 14:15-17 NTV)
No todo el que me llama: “¡Señor, Señor!” entrará en
el reino del cielo. Solo entrarán aquellos que verdaderamente hacen la voluntad
de mi Padre que está en el cielo. El día del juicio, muchos me dirán: “¡Señor,
Señor! Profetizamos en tu nombre, expulsamos demonios en tu nombre e hicimos
muchos milagros en tu nombre”. Pero yo les responderé: “Nunca los conocí.
Aléjense de mí, ustedes, que violan las leyes de Dios”. (Mateo 7:21-23 NTV)
Cuando el señor de la casa haya cerrado la puerta,
será demasiado tarde. Ustedes quedarán afuera llamando y rogando: “¡Señor,
ábrenos la puerta! ”, pero él contestará: “No los conozco ni sé de dónde
vienen”. Entonces ustedes dirán: “Pero comimos y bebimos contigo, y enseñaste
en nuestras calles”. Entonces él responderá: “Les digo que no sé quiénes son ni
de dónde vienen. Aléjense de mí, todos ustedes que hacen maldad”. (Lucas 13:25-27)
Pero sólo hay una forma y es a través de Cristo, de su
Palabra Viva y Eterna, es por la obra y el poder del Espíritu Santo que podemos
tener acceso al cielo y a la presencia de Dios Padre, es sólo en un verdadero
despertamiento de nuestro espíritu, es sólo por un verdadero nacimiento
espiritual, es sólo en la medida que Dios nos dé el entendimiento y la lucidez
de estas verdades eternas de su reino para nuestras vidas, es sólo si en lo más
profundo de nuestro corazón anhelamos el volver al Creador, es sólo si en lo
más profundo hay un deseo de agradarle con nuestro corazón, con nuestra forma
de pensar y de vivir, con nuestra forma de tratar a nuestros semejantes, a
nuestros prójimos, la verdadera esencia de los hijos e hijas de Dios se
manifiesta por el fruto que damos en nuestras vidas, por la forma en que
manejamos todas las cosas, en la forma en que nos relacionamos con quienes nos
rodean, se manifiesta en la forma en que llevamos cada uno de nuestros asuntos.
¿Estamos preparados para ese encuentro con el Señor
Jesucristo?
Les digo, ¡que pronto les hará justicia! Pero cuando el
Hijo del Hombre regrese, ¿a cuántas personas con fe encontrará en la tierra? (Lucas 18:8 NTV)
De manera errónea de pensar y de vivir millones de personas
en toda la tierra asumen que están bien encaminados para tener ese derecho de
entrar al cielo, viven en sus propios códigos morales, piensan que según sus
obras o creencias ya tienen ese derecho, otro tanto piensan que por sólo el
hecho de creer en Dios sin importar sus acciones ya tienen ese derecho, otro
tanto viven vida religiosas de diferentes credos y mandatos humanos pero sin el
verdadero afecto natural y sin andar en el amor perfecto de Dios por su
Palabra.
No tenemos ninguna excusa delante de Dios, porque en la
Biblia está reflejado el corazón de la humanidad, no hay términos medios, no
hay medio buenos o medio malos, o se tiene la tendencia hacia el bien o se
tiene la tendencia hacia el mal, hay dos reinos, el de Dios que es eterno,
santo y justo……y el reino de las tinieblas que inicia desde la rebelión del
diablo y sus ángeles que es oscuridad espiritual y maldad.
Vamos a ver la descripción del camino al Padre Celestial,
del verdadero andar de los hijos e hijas de Dios; los verdaderos hijos e hijas
de Dios tienen la entrada al cielo y a la presencia de Dios Padre por la
eternidad, a los que por el nuevo nacimiento y la regeneración del
Espíritu Santo han sido vivificados por la Palabra de Dios y la vida de
Jesucristo en sus corazones
La Biblia describe este destino final para los seres humanos
de diferentes maneras para ayudar a comprender su grandeza: La casa del Padre donde
el Señor Jesucristo lo describe como un hogar con muchas moradas, un
lugar preparado especialmente para sus seguidores (Juan
14:2). El Paraíso que representa el retorno al diseño original de
comunión perfecta entre Dios y el hombre, libre de la separación que causó el
pecado (Lucas 23:43). Los Cielos nuevos y
tierra nueva en el libro de
Apocalipsis que hace referencia del destino final en la que incluye una
renovación cosmológica. Dios desciende para habitar directamente con la humanidad
(Apocalipsis 21:1-3) viene en el momento exacto a restaurar todas las cosas que
el caos de la rebelión del diablo como consecuencia. La eternidad en el cielo
se caracteriza por la ausencia absoluto del mal y la plenitud del bienestar: Fin
del sufrimiento (Apocalipsis 21:4), Santidad
y luz (Apocalipsis 21:23-27) y Plenitud
y gozo: (Salmos 16:11).
Según la revelación del Nuevo Testamento, el acceso al cielo
no se gana por esfuerzos o méritos humanos, sino a través de un puente divino: La
fe en Jesucristo quien nos reveló la verdad espiritual de manera categórica, la
salvación y la entrada al cielo se presentan como un regalo inmerecido de Dios (Efesios 2:8-9),
recibido mediante el arrepentimiento y la fe en el sacrificio de Jesús en la
cruz. Esto nos muestra que la relación personal con Cristo es fundamental si
queremos llegar al cielo. Además, en Efesios 2:8-9 se nos recuerda: "Porque por gracia
sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no
por obras, para que nadie se gloríe". Esto enfatiza que nuestra salvación
no se basa en nuestras acciones, sino en la gracia de Dios. Finalmente, en
Romanos 10:9-10 se establece que "si confesares con tu boca que Jesús es
el Señor, y creyeras en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo".
Esta confesión y fe en el corazón son vitales para nuestra salvación.
Nuestro corazón espiritual es muy importante delante de Dios
ya que un corazón gobernado por Cristo y encaminado hacia las cosas buenas es el
que Dios escoge: ahora veamos la revelación de lo qué es el corazón del ser
humano y las clases de corazón que nos muestra la Biblia.
Según la Biblia, el corazón representa el centro de la
persona y el núcleo de la vida interior donde residen la mente, las emociones,
la voluntad y las intenciones, definiendo la verdadera identidad que Dios
examina más allá de las apariencias. Debido a que la naturaleza humana tiende a
ser engañosa y de él brota tanto la conducta como las acciones externas, las
escrituras enfatizan la necesidad fundamental de guardarlo, protegerlo y buscar
una transformación o renovación espiritual otorgada por Dios.
Dios es amor y un corazón gobernado por Jesucristo
experimenta una transformación profunda y radical, pasando de estar inclinado
al engaño y al pecado a ser renovado y sensible a la voluntad de Dios mostrando
una de las señales más notorias y fundamentales y es el amor a los demás
creyentes, el amor al prójimo y el amor a nuestros enemigos. Podemos tener
muchas cosas buenas desde el punto de vista humano y sentirnos que no somos
malas personas pero si mo anadamos em el verdadero amor de Dios de nada nos va
a servir en lo que respecta a la salvación de nuestras almas y a nuestra
entrada al cielo.
Queridos amigos, sigamos amándonos unos a otros,
porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es un hijo de Dios y conoce a
Dios; pero el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. Dios mostró
cuánto nos ama al enviar a su único Hijo al mundo, para que tengamos vida
eterna por medio de él. En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como
sacrificio para quitar nuestros pecados. Queridos amigos, ya que Dios nos amó tanto,
sin duda nosotros también debemos amarnos unos a otros. Nadie jamás ha visto a
Dios; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor llega a
la máxima expresión en nosotros. Y Dios nos ha dado su Espíritu como prueba de
que vivimos en él y él en nosotros. Además, hemos visto con nuestros propios
ojos y ahora damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para que fuera el
Salvador del mundo. Todos los que confiesan que Jesús es el Hijo de Dios, Dios
vive en ellos y ellos en Dios. Nosotros sabemos cuánto nos ama Dios y hemos
puesto nuestra confianza en su amor. Dios es amor, y todos los que viven en
amor viven en Dios y Dios vive en ellos; y al vivir en Dios, nuestro amor crece
hasta hacerse perfecto. Por lo tanto, no tendremos temor en el día del juicio,
sino que podremos estar ante Dios con confianza, porque vivimos como vivió
Jesús en este mundo. En esa clase de amor no hay temor, porque el amor perfecto
expulsa todo temor. Si tenemos miedo es por temor al castigo, y esto muestra que
no hemos experimentado plenamente el perfecto amor de Dios. Nos amamos unos a
otros, porque él nos amó primero. Si alguien dice: «Amo a Dios» pero odia a un
hermano en Cristo, esa persona es mentirosa pues, si no amamos a quienes
podemos ver, ¿cómo vamos a amar a Dios, a quien no podemos ver? Y él nos ha
dado el siguiente mandato: los que aman a Dios amen también a sus hermanos en
Cristo. (1 Juan 4:7-21NTV)
Al entregar el centro de la vida interior al Señor,
los pensamientos, las emociones y la voluntad son alineados con su verdad, se
refleja de manera natural una conducta íntegra, un amor sincero hacia los demás
y una obediencia constante a sus mandamientos.
Si pudiera hablar todos los idiomas del mundo y de los
ángeles pero no amara a los demás, yo solo sería un metal ruidoso o un címbalo
que resuena. Si tuviera el don de profecía y entendiera todos los planes
secretos de Dios y contara con todo el conocimiento, y si tuviera una fe que me
hiciera capaz de mover montañas, pero no amara a otros, yo no sería nada. Si
diera todo lo que tengo a los pobres y hasta sacrificara mi cuerpo, podría
jactarme de eso; pero si no amara a los demás, no habría logrado nada. El amor
es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón ni orgulloso ni
ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera. No se irrita ni lleva un
registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia sino que se
alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde
la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia. La
profecía, el hablar en idiomas desconocidos, y el conocimiento especial se
volverán inútiles. ¡Pero el amor durará para siempre! Ahora nuestro
conocimiento es parcial e incompleto, ¡y aun el don de profecía revela solo una
parte de todo el panorama! Sin embargo, cuando llegue el tiempo de la
perfección, esas cosas parciales se volverán inútiles. Cuando yo era niño, hablaba,
pensaba y razonaba como un niño; pero cuando crecí, dejé atrás las cosas de
niño. Ahora vemos todo de manera imperfecta, como reflejos desconcertantes,
pero luego veremos todo con perfecta claridad. Todo lo que ahora conozco es
parcial e incompleto, pero luego conoceré todo por completo, tal como Dios ya
me conoce a mí completamente. Tres cosas durarán para siempre: la fe, la
esperanza y el amor; y la mayor de las tres es el amor. (1 Corintios 13:1-13 NTV)
Según la enseñanza bíblica, especialmente sobre los
frutos del Espíritu son las evidencias prácticas y el carácter transformado que
el Espíritu Santo produce en la vida de un creyente que ha entregado su corazón
a Dios. Este conjunto de virtudes espirituales —que incluyen el amor, el gozo,
la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la
templanza— no se obtienen mediante el propio esfuerzo humano o el mérito
personal, sino que fluyen de manera natural como el resultado de una comunión
íntima y constante con Cristo, reflejando así el carácter de Dios en medio de
la vida cotidiana.
En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo
produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad,
fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas! Los
que pertenecen a Cristo Jesús han clavado en la cruz las pasiones y los deseos
de la naturaleza pecaminosa y los han crucificado allí. Ya que vivimos por el
Espíritu, sigamos la guía del Espíritu en cada aspecto de nuestra vida. No nos
hagamos vanidosos ni nos provoquemos unos a otros ni tengamos envidia unos de
otros. (Gálatas 5:22-26 NTV)
Ahora veamos el corazón gobernado por el diablo, que
es gobernado por la maldad o apartado de la guía divina se deja dominar por la
naturaleza engañosa y perversa descrita en las Escrituras, donde la autonomía
humana y la justificación propia toman el control. Al rechazar la
transformación espiritual, este interior se convierte en la fuente de la que
brotan pensamientos destructivos, hostilidad y acciones contrarias a la
voluntad de Dios, reflejando una vida guiada por las apariencias y alejada de
la verdad.
La naturaleza pecaminosa desea hacer el mal, que es
precisamente lo contrario de lo que quiere el Espíritu. Y el Espíritu nos da
deseos que se oponen a lo que desea la naturaleza pecaminosa. Estas dos fuerzas
luchan constantemente entre sí, entonces ustedes no son libres para llevar a
cabo sus buenas intenciones, … Cuando ustedes siguen los deseos de la
naturaleza pecaminosa, los resultados son más que claros: inmoralidad sexual,
impureza, pasiones sensuales, idolatría, hechicería, hostilidad, peleas, celos,
arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias, divisiones, envidia,
borracheras, fiestas desenfrenadas y otros pecados parecidos. Permítanme
repetirles lo que les dije antes: cualquiera que lleve esa clase de vida no
heredará el reino de Dios. (Gálatas
5:17,19-21 NTV)
El apóstol Pablo advierte a Timoteo (2 Timoteo 3) que en los últimos días vendrán tiempos
difíciles debido a la actitud egoísta, soberbia y corrupta de los hombres que
rechazan la verdad, frente a lo cual exhorta a mantenerse firme en las
enseñanzas recibidas. Asimismo, destaca que la respuesta fundamental para el
creyente ante estas dificultades es persistir en el conocimiento de las
Sagradas Escrituras, recordando que toda la Escritura es inspirada por Dios y
útil para enseñar, corregir y equipar por completo al creyente para toda buena
obra.
La parábola del sembrador, narrada por Jesús en Mateo,
utiliza la imagen de un agricultor que siembra semillas para explicar cómo las
personas reciben la palabra de Dios y cómo esta impacta sus vidas según la
condición de su corazón. En la enseñanza, la semilla representa el mensaje del
Reino, la Palabra de Dios y el suelo simboliza los diferentes tipos de
corazones humanos:
El camino (suelo duro, corazón duro): Representa a quienes oyen la Palabra de Dios,
pero no la entienden ni la asimilan. El maligno llega inmediatamente y arrebata
lo que fue sembrado en su interior, impidiendo que produzca fe, haciendo que su
naturaleza carnal y pecaminosa busque satisfacer los deseos de su propia concupiscencia
produciendo maldad y muerte espiritual.
Los pedregales (suelo superficial, corazón vano y superficial): se refiere quienes
reciben el mensaje del evangelio con alegría inicial, pero al no tener raíces
profundas en su interior, tropiezan o se desaniman rápidamente cuando enfrentan
aflicciones, pruebas o persecuciones a causa de la fe.
Entre espinos (suelo ahogado, corazón afanado): se refiere a quienes escuchan la Palabra de
Dios, pero las preocupaciones de este mundo, el engaño de las riquezas y los
afanes materiales la ahogan, impidiendo que la enseñanza madure y dé fruto.
La buena tierra (suelo fértil, corazón receptivo): Refleja a quienes
oyen, comprenden y retienen la palabra con un corazón sincero y dispuesto. Este
interior transformado permite que la enseñanza fructifique abundantemente,
reflejándose en una vida de obediencia y buenas obras, una vida de rectitud y
amor hacia los demás. En esencia, Jesús utiliza esta parábola para mostrar que
la efectividad de la palabra de Dios no depende del sembrador, sino de la
disposición y el estado del corazón de quien la escucha.
También podemos ver cómo se nos presenta la revelación de la
entrada al cielo por la parábola de la fiesta de las bodas.
Jesús también les contó otras parábolas. Dijo: El reino
del cielo también puede ilustrarse mediante la historia de un rey que preparó
una gran fiesta de bodas para su hijo. Cuando el banquete estuvo listo, el rey
envió a sus sirvientes para llamar a los invitados. ¡Pero todos se negaron a
asistir! Entonces envió a otros sirvientes a decirles: La fiesta está
preparada. Se han matado los toros y las reses engordadas, y todo está listo.
¡Vengan al banquete! Pero las personas a quienes había invitado no hicieron
caso y siguieron su camino: uno se fue a su granja y otro a su negocio. Otros
agarraron a los mensajeros, los insultaron y los mataron. El rey se puso
furioso, y envió a su ejército para destruir a los asesinos y quemar su ciudad.
Y les dijo a los sirvientes: La fiesta de bodas está lista y las personas a las
que invité no son dignas de tal honor. Ahora salgan a las esquinas de las
calles e inviten a todos los que vean. Entonces los sirvientes llevaron a todos
los que pudieron encontrar, tanto buenos como malos, y la sala del banquete se
llenó de invitados. Cuando el rey entró para recibir a los invitados, notó que
había un hombre que no estaba vestido apropiadamente para una boda. Amigo —le
preguntó—, ¿cómo es que estás aquí sin ropa de bodas? Pero el hombre no tuvo
respuesta. Entonces el rey dijo a sus asistentes: Átenlo de pies y manos y
arrójenlo a la oscuridad de afuera, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Pues
muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. (NTV
Mateo 22:1-14)
En conclusión, la Biblia nos enseña con claridad que
la entrada al cielo no se obtiene por méritos humanos, religiosidad aparente o
un simple "Señor, Señor", o por la simple y básica creencia de decir
que se cree en Dios, sino únicamente mediante nuestra decisión para acercarnos
a Dios y una fe viva en Jesucristo como el único camino, la verdad y la vida,
la cual transforma el corazón y se manifiesta en frutos de amor, obediencia,
guía y obra del Espíritu Santo en nosotros. Hoy el Señor extiende un llamado
urgente a no ignorar la invitación divina ni endurecer el corazón ante la
semilla de su Palabra, sino a buscar sinceramente a Dios, nacer de nuevo y
vestirnos de la justicia de Cristo; pues rechazar esta gracia o vivir sumergidos
en los deseos de la naturaleza pecaminosa conlleva consecuencias eternas y
devastadoras: quedar apartados
de la presencia del Creador, ser descalificados en el día del juicio y ser
arrojados a las tinieblas de afuera donde solo habrá llanto y desesperación por
la eternidad. Bendiciones.
