Nuestro deseo es que cada uno de los mensajes, así como cada uno de los ministerios y recursos enlazados, pueda ayudar como una herramienta al crecimiento, edificación y fortaleza de cada creyente dentro de la iglesia de Jesucristo en las naciones y ser un práctico instrumento dentro de los planes y propósitos de Dios para la humanidad. Cada mensaje tiene el propósito de dejar una enseñanza basada en la doctrina bíblica, de dar una voz de aliento, de edificar las vidas; además de que pueda ser adaptado por quien desee para enseñanzas en células o grupos de enseñanza evangelísticos, escuela dominical, en evangelismo personal, en consejería o en reuniones y servicios de iglesias.

El precio del discipulado


Primero veamos el significado de Discípulo: La palabra proviene de la misma raíz que "disciplina" y se refiere a un alumno o un seguidor de una religión, persona o movimiento. Como cristianos, debemos ser discípulos de Jesucristo, debemos ser más que creyentes, seguimos las enseñanzas que Jesucristo impartió y el ejemplo que nos dejó. Un discípulo es un convertido, uno que ha cambiado su manera de pensar y su manera de vivir; pero no todos los convertidos y no todos los creyentes en Dios son discípulos. 

Como discípulos de Jesucristo, hemos de cargar nuestra cruz cada día; esto significa vivir por Él y de ser necesario, morir por Él y, desde luego, vivir vidas santas y sin mancha delante de Él y de nuestro prójimo.

Discípulo. Persona que, como alumno o adherente, sigue las enseñanzas de  otra, especialmente las de un maestro público. En el NT el sustantivo (Mt 5:1; Mr 2:15; Lc 5:30, etc.) se relaciona con el verbo manthánÇ, "aprender"; de allí que signifique "aprendiz", "alumno", "adherente".  La palabra se usa especialmente para los discípulos de Jesús: para los Doce (Mt 10:1;11:1; etc.) y para los discípulos de Jesús en general (Lc 6:17; etc.).

En toda la tierra nos encontramos con personas que dicen creer en Dios, pero a su manera y no en la forma correcta que Dios nos exige, personas que tienen alguna clase de religión, de dogmas, de creencias espirituales, de devociones e idólatras, de ritos, de misticismo, de creencias éticas y morales, que tienen tradiciones familiares o tradiciones sociales, pero que no llenan las exigencias del Dios Creador de nuestro ser, del Creador de todo lo que existe en los cielos y el universo.

No todos los que dicen: "Señor, Señor" entrarán en el reino de Dios, sino los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán en el día del juicio: "Señor, Señor, mira que en tu nombre hemos anunciado el mensaje de Dios, y en tu nombre hemos expulsado demonios, y en tu nombre hemos hecho muchos milagros." Sin embargo, yo les contestaré: "Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí vosotros, que os habéis pasado la vida haciendo el mal! " (AF Mt 7:21-23)

El Señor Jesucristo “afirmó su rostro para ir a Jerusalén en donde iba a morir” y sabía claramente que estaba comenzando la jornada que iba a culminar en su muerte. El libro de Lucas proporciona el relato más detallado sobre ese viaje y registra que cuando nuestro Salvador “pasaba por las ciudades y aldeas, enseñando y caminando hacia Jerusalén”

El Señor Jesucristo continuó su viaje a Jerusalén y enseñaba en los pueblos y aldeas por donde pasaba. Alguien le preguntó: ―Señor, ¿son pocos los que se van a salvar? Él contestó: ―Traten de entrar por la puerta angosta, porque muchos tratarán de entrar y no podrán. (NBV'08 Lc 13:22-24).

Una multitud de discípulos tanto de hombres, así como de mujeres iban con Él y mientras caminaban juntos, Jesús instruía a sus seguidores sobre las exigencias del discipulado. Al estudiar sus enseñanzas en el contexto de ese viaje, llegamos a apreciar mejor la forma en que el Salvador reforzó sus instrucciones sobre el discipulado con el poder de su ejemplo: estas multitudes eran atraídas por los milagros de Jesús y esperaban el establecimiento de un reino terrenal.

Interesado más en la calidad que en la cantidad, el Señor definió el costo del verdadero discipulado: un discípulo debe subordinar todos sus vínculos terrenales a su lealtad a Cristo, un discípulo debe hacer morir el egocentrismo y estar preparado para resistir el sufrimiento y el martirio. El discipulado significa la total renunciación al interés egoísta, por amor de Jesús; “no puede ser mi discípulo” se refiere a cuestiones de total consagración y máxima realización del propósito de Cristo para nuestras vidas.

Mientras Jesús hablaba, una mujer de entre la multitud gritó: ―¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó! Jesús contestó: ―¡Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la obedecen! (NBV'08 Lc 11:27-28).

Lo que quiso decir fue, que los que deseen seguirlo deben amarlo con un amor más profundo del que abrigan hacia sus parientes más cercanos y queridos, y hacia ellos mismos; y que, si sus deberes para con Dios y sus deberes para con los hombres fueren incompatibles en un caso dado, estos deben ceder el lugar a los primeros. Debemos preferir ofender a los que amamos más sobre la tierra que a desagradar al que murió por nosotros en la cruz. La obligación que así nos impone nuestro Señor Jesucristo es severa y pone a prueba nuestra lealtad sin embargo, es necesaria, y ha sido dictada por la sabiduría divina por nuestro propio bien.

Mucha gente seguía a Jesús, entonces él se volvió y les dijo: «El que quiera seguirme tiene que amarme más que a su padre, a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso más que a su propia vida. De lo contrario, no podrá ser mi discípulo. El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. (NBV'08 Lc 14:25-27).

Este pasaje nos enseña, en primer lugar, que los verdaderos cristianos deben estar prontos a abandonarlo todo, si fuere necesario por amor de Cristo. Las palabras que expresan esta gran verdad son muy notables. Aunque los discípulos de Cristo no son todos crucificados o muertos como mártires, sin embargo, todos llevan su cruz y deben llevarla en el camino del deber como hijos de Dios durante el peregrinar por esta tierra. 

Nuestro Salvador explica esto con dos símiles: el primero que muestra que debemos considerar los gastos de nuestra religión; el segundo, que debemos considerar los peligros de esta. Sentaos y calculad el costo; considerad lo que costará la mortificación del pecado, de las lujurias más apreciadas.

El pecador más orgulloso y atrevido no puede resistir a Dios, porque ¿quién conoce la fuerza de su ira? Nos interesa buscar la paz con Él, y no tenemos que enviar a preguntar las condiciones de la paz, porque  no nos son ofrecidas y nos son muy provechosas.

No amen al mundo ni lo que hay en él. El que ama al mundo no ama al Padre, porque nada de lo que hay en el mundo —las pasiones sexuales, el deseo de poseer todo lo que agrada y el orgullo de poseer riquezas— proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo se está acabando y con él todos sus malos deseos. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (NBV 1Jn 2:15-17).

El discípulo de Cristo será puesto a prueba en muchas formas. Entonces sin dudar, procuremos ser discípulos, y seamos muy cuidadosos para no relajarnos en nuestra profesión, en nuestra obediencia genuina, ni asustarnos ante la cruz; que podamos ser la buena sal de la tierra, para sazonar a quienes nos rodean con el sabor de Cristo.

El objetivo de Jesucristo no es que las multitudes los sigan, ni que todos vayan tras él, sino es más bien el hacer verdaderos discípulos que le obedezcan, que estén dispuestos a cumplir los mandamientos del Padre Celestial, que estén dispuestos a hacer la voluntad de Dios en sus vidas, en cada una de sus decisiones, en su diario vivir en medio de las situaciones y circunstancias que tienen que enfrentarse en el lugar donde ha sido plantados.

Un tiempo antes de que el Señor y sus discípulos se encaminaban a Jerusalén dejó una enseñanza: Entonces se dirigió a todos y les dijo: ―El que quiera ser mi discípulo debe olvidarse de sí mismo, llevar su cruz cada día y seguirme, porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la salvará. ¿De qué le sirve a alguien ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles. (NBV'08 Lc 9:23-26).  

En otro momento en la Biblia vemos: Entonces se dirigió a todos y les dijo: ―El que quiera ser mi discípulo debe olvidarse de sí mismo, llevar su cruz cada día y seguirme, porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la salvará. ¿De qué le sirve a alguien ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles. (NBV'08 Lc 9:23-26).

Mostrándonos que no debemos aferrarnos a las cosas materiales, ni tampoco a los sentimientos humanos y mucho menos a lo que el mundo nos ofrece, nuestra vida como hijos de Dios y discípulos suyos, es un transitar de dependencia a Él, de obediencia a sus mandatos que encontramos revelados en la Biblia, de confianza en nuestro Creador en cada paso y cada decisión que damos en esta tierra.

En otra ocasión, a otro le dijo: ―Sígueme. Él le contestó: ―Señor, primero déjame ir a enterrar a mi padre. Jesús le respondió: ―Deja que los muertos entierren a sus propios muertos. Tu deber es ir y anunciar el reino de Dios. Otro le dijo: ―Señor, yo te seguiré, pero primero déjame ir a despedirme de mi familia. Jesús le respondió: ―El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es útil para el reino de Dios. (NBV'08 Lc 9:59-62).

Las palabras del Salvador no implican que esté mal llorar la pérdida de un ser querido, más bien resaltan el hecho de que la devoción al Señor debe tener el lugar de mayor prioridad para el discípulo. Una tercera persona le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa”, a lo cual Jesús respondió con la analogía de un arador, cuya tarea le exige concentrarse en lo que está por delante en lugar de poner atención a lo que queda atrás. La lección para aquel hombre era sencillamente que siguiera el ejemplo del Salvador, quien “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” y no miró hacia atrás. Debemos avanzar hacia adelante para poder alcanzar nuestra meta suprema que es estar en la presencia de Dios Padre, por medio del Señor Jesucristo con la ayuda y el poder del Espíritu Santo.

El discipulado significa la disposición de una persona para colocar las demandas de Jesús por encima de las de si misma o de su familia. Los discípulos deben estar dispuestos a negarse a sí mismos por completo, ya sea tomando su propia cruz lo que significa estar listo para el martirio, o metafóricamente “morir” a todos los deseos personales. Seguir a Cristo significa sumisión total a Él, quizás hasta morir por Él.

Es necesario calcular el costo de decir que no al yo antes de comenzar un camino que no se pueda seguir hasta el final. Es necio el constructor que deja un edificio sin terminar porque sus fondos se han agotado antes de lo calculado. También es necio el jefe militar que no considera las posibilidades de su ejército antes de entrar en batalla con un enemigo más fuerte. Un discípulo que se da por vencido a mitad de camino porque es muy duro es como la sal que ha perdido su sabor y no sirve para sazonar la comida y ni siquiera para ser usada como abono; no puede hacerse útil otra vez.

Ser cristiano solo de nombre o de membresía y concurrir a alguna iglesia es fácil y no requiere mayores sacrificios, pero para obedecer a Cristo, para seguirlo verdaderamente, para creer en él y en todas sus palabras, para confesarlo delante de los demás con nuestra manera de hablar y de vivir, se necesita de mucha abnegación, no podemos hacerlo sino al precio de dejar nuestros pecados, de dejar la confianza en nuestros propios méritos, de dejar  nuestra comodidad y de dejar nuestros deleites mundanos. Todo esto debemos abandonarlo y tenemos que apurarnos para lidiar contra nuestra carne y contra el enemigo de nuestras almas.

En todas las esferas de la vida hay que calcular el costo de nuestras decisiones y actos, esto mismo sucede con el Evangelio que nos ha sido dado. Pero si bien las exigencias de Cristo imponen respeto, debemos recordar que Él no nos deja solos a la hora de cumplirlas. El que nos invita a subir la cuesta y estará todo el tiempo con nosotros hasta que lleguemos a la meta suprema de nuestro llamamiento.

Humanamente es imposible seguir los pasos de nuestro Salvador y obedecer sus mandamientos, es por eso que nos prometió que nunca vamos a estar solos, porque el Señor el Espíritu Santo, esta con nosotros, está a favor de nosotros y en nosotros dándonos la fuerza y el dominio propio para vivir dentro del reino de los cielos, para poder vivir la vida que agrada a Dios y la que realmente nos bendice y nos conviene.

Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes, y los he mandado para que vayan y den fruto, un fruto que dure para siempre. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. (NBV Jn 15:16).

Porque es Dios el que les da a ustedes el deseo de cumplir su voluntad y de que la lleven a cabo. (NBV Fil 2:13).

Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre, y él les enviará otro Consolador para que siempre esté con ustedes. Él es el Espíritu de verdad; el mundo no lo puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a estar con ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí, y yo en ustedes. El que hace suyos mis mandamientos y los obedece, ese es el que me ama. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me mostraré a él. (NBV Jn 14:15-21).

Bendiciones.

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