Nuestro deseo es que cada uno de los mensajes, así como cada uno de los ministerios y recursos enlazados, pueda ayudar como una herramienta al crecimiento, edificación y fortaleza de cada creyente dentro de la iglesia de Jesucristo en las naciones y ser un práctico instrumento dentro de los planes y propósitos de Dios para la humanidad. Cada mensaje tiene el propósito de dejar una enseñanza basada en la doctrina bíblica, de dar una voz de aliento, de edificar las vidas; además de que pueda ser adaptado por quien desee para enseñanzas en células o grupos de enseñanza evangelísticos, escuela dominical, en evangelismo personal, en consejería o en reuniones y servicios de iglesias.

domingo, 22 de octubre de 2017

La compasión de Dios°


Mateo 9:35-38. Traducción en lenguaje actual (TLA). Jesús tiene compasión de la gente. Jesús recorría todos los pueblos y las ciudades. Enseñaba en las sinagogas, anunciaba las buenas noticias del reino de Dios, y sanaba a la gente que sufría de dolores y de enfermedades. Y al ver la gran cantidad de gente que lo seguía, Jesús sintió mucha compasión, porque vio que era gente confundida, que no tenía quien la defendiera. ¡Parecían un rebaño de ovejas sin pastor! Jesús les dijo a sus discípulos: «Son muchos los que necesitan entrar al reino de Dios, pero son muy pocos los discípulos para anunciarles las buenas noticias. Por eso, pídanle a Dios que envíe más.



Veamos la definición de compasión, misericordia: - verbo rajam (µj'r;, 7355) -, «tener compasión, ser misericordioso, sentir lástima». Las palabras que se derivan de esta raíz se encuentran 125 veces en todas partes del Antiguo Testamento. El radical también se halla en asirio, acádico, etiópico y arameo. Una vez el verbo se traduce «amor»: «Te amo, oh Jehová» (Salmos 18:1. Traducción en lenguaje actual (TLA). ¡Dios mío, yo te amo porque tú me das fuerzas!).

Rajam también se encuentra en la promesa que Dios hace a Moisés de declararle su nombre: «Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente» (Éxodo 33:19. RVR60). Por eso oramos: «Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, que son perpetuas» (Salmo 25:6. RVR60); y también Isaías profetiza la restauración mesiánica: «Con gran compasión te recogeré, pero con misericordia eterna me compadeceré de ti, dice tu Redentor Jehovah» (Isaías 54:7-8. RVA).

En la Biblia es una cualidad divina y a la vez humana y este vocablo es traducción de los vocablos hebreo hµmal y rahméÆm, que también se traducen “piedad”, “perdonar”, “apiadar”, “misericordia”, etc., de manera que compasión, piedad, y misericordia pueden considerarse como sinónimos. En el Nuevo Testamento los vocablos más frecuentes en griego son eleeoµ (y cognados), traducido “tener compasión”, “tener misericordia”, y eleos, que siempre se traduce “misericordia”. oikteiroµ aparece dos veces y se traduce “tener misericordia”, y oiktirmoµn tres veces con el significado “misericordioso” y “compasivo”.

Los profetas y otros hombres de Dios eran profundamente conscientes de la maravilla de la misericordia de Dios para con los hombres pecadores. Enseñaban que cualquiera que hubiese experimentado esto se sentiría obligado a tener compasión de sus semejantes, en especial del “huérfano, la viuda, y el extranjero” (frecuentemente mencionados juntos, como en Deuteronomio 10:18; 14:29; 16:11; 24:19; Jeremías 22:3, etc.), y también de aquellos que se encuentran en la pobreza o sufriendo aflicción (Salmo 146:9; Job 6:14; Proverbios 19:17; Zacarías 7:9–10; Miqueas 6:8). 

No cabe duda, según las frecuentes referencias en Deuteronomio, que Dios esperaba que su pueblo mostrase compasión no solamente el uno para con el otro, sino también a los extranjeros que vivían entre ellos. En las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, especialmente en la parábola del buen samaritano (Lucas 10), se ve claramente que la compasión han de demostrarla sus discípulos hacia cualquiera que necesite de su ayuda. Ha de ser semejante a la de él, no solamente al no hacer diferencias entre personas, sino también en que se expresará en acciones (1 Juan 3:17) que incluso pueden representar un sacrificio personal.

El hombre no fue creado para el dolor, la enfermedad y la muerte, sino para ser feliz y vivir una vida radiante y no hay felicidad plena sin libertad, de manera que para que el hombre fuera el ser libre y dichoso que Dios había previsto, puso en marcha un proceso de recuperación de la criatura caída, el plan del salvación a través del obra expiatoria del Señor Jesucristo, el eterno Hijo de Dios hecho hombre, fue precisamente la respuesta a la necesidad del ser humano para lograr la plenitud hacia el que apuntaba el propósito del Creador y que es ser semejantes a su Hijo Jesucristo.

Nuestro Señor Jesucristo vino para redimir al hombre del pecado y de la muerte, vino para asumir su dolor, su extravío, y su condenación, pero cuando marchaba hacia la cruz en la que realizaría la obra de la redención, no pudo sustraerse de sufrir con los hombres todo el dolor que la miserable condición de su humanidad les infligía; nuestro Salvador tomó todos nuestros sufrimientos, nuestros dolores y nuestros pecados en sí mismo entregando su vida por amor en aquella cruz y comprándonos a precio su poderosa y santa sangre para que podamos tener vida eterna y estar cón el Padre Celestial por la eternidad.

Isaías 61:1-3. Traducción en lenguaje actual (TLA). Anuncio de la salvación a Israel. El fiel servidor de Dios dijo: «El espíritu de Dios está sobre mí, porque Dios me eligió y me envió para dar buenas noticias a los pobres, para consolar a los afligidos, y para anunciarles a los prisioneros que pronto van a quedar en libertad» Dios también me envió para anunciar: “Éste es el tiempo que Dios eligió para darnos salvación, y para vengarse de nuestros enemigos”» Dios también me envió para consolar a los tristes, para cambiar su derrota en victoria, y su tristeza en un canto de alabanza» Entonces los llamarán: “Robles victoriosos, plantados por Dios para manifestar su poder”.

El capítulo 9 llega a su fin con esta conmemorable escena donde se deja ver la gran compasión de nuestro Señor y Dios Jesucristo. El versículo 35 de este capítulo nos presenta un resumen de lo que nuestro Señor ha venido haciendo desde que inició su ministerio así como describe su triple función: predicar, enseñar y sanar: Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Mateo nos recalca lo incansable que era su misión al recorrer todas las ciudades y aldeas.

Lucas 4:1-21. Traducción en lenguaje actual (TLA). Jesús vence al diablo. El Espíritu de Dios llenó a Jesús con su poder. Y cuando Jesús se alejó del río Jordán, el Espíritu lo guió al desierto. Allí, durante cuarenta días, el diablo trató de hacerlo caer en sus trampas, y en todo ese tiempo Jesús no comió nada. Cuando pasaron los cuarenta días, Jesús sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: —Si en verdad eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan. Jesús le contestó: —La Biblia dice: “No sólo de pan vive la gente”.

Después el diablo llevó a Jesús a un lugar alto. Desde allí, en un momento, le mostró todos los países más ricos y poderosos del mundo, y le dijo: —Todos estos países me los dieron a mí, y puedo dárselos a quien yo quiera. Yo te haré dueño de todos ellos, si te arrodillas delante de mí y me adoras.

Jesús le respondió: —La Biblia dice: “Adoren a Dios, y obedézcanlo sólo a él.” Finalmente, el diablo llevó a Jesús a la ciudad de Jerusalén, hasta la parte más alta del templo, y allí le dijo: —Si en verdad eres el Hijo de Dios, tírate desde aquí, pues la Biblia dice: “Dios mandará a sus ángeles para que te cuiden. Ellos te sostendrán, para que no te lastimes los pies contra ninguna piedra.”

Jesús le contestó: —La Biblia también dice: “Nunca trates de hacer caer a Dios en una trampa.” El diablo le puso a Jesús todas las trampas posibles, y como ya no encontró más qué decir, se alejó de él por algún tiempo.

Jesús comienza su trabajo. Jesús regresó a la región de Galilea lleno del poder del Espíritu de Dios. Iba de lugar en lugar enseñando en las sinagogas, y toda la gente hablaba bien de él. Y así Jesús pronto llegó a ser muy conocido en toda la región. Después volvió a Nazaret, el pueblo donde había crecido.

Un sábado, como era su costumbre, fue a la sinagoga. Cuando se levantó a leer, le dieron el libro del profeta Isaías. Jesús lo abrió y leyó: «El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me eligió y me envió para dar buenas noticias a los pobres, para anunciar libertad a los prisioneros, para devolverles la vista a los ciegos, para rescatar a los que son maltratados y para anunciar a todos que: “¡Éste es el tiempo que Dios eligió para darnos salvación!”»

Jesús cerró el libro, lo devolvió al encargado y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga se quedaron mirándolo. Entonces Jesús les dijo: «Hoy se ha cumplido ante ustedes esto que he leído.»

De repente la ardua tarea de liberación de Jesucristo se interrumpe cuando visualiza a una gran multitud que poseía diferentes necesidades. Podemos imaginarnos las incontables personas que recibieron alivio de sus azotes, cuántos de ellos habían sido sanados de diferentes enfermedades, otros habían sido liberados de espíritus malignos y muchos otras habían recibido la palabra de Dios directamente de los labios del Gran Maestro recibiendo alivio para sus cansadas y sedientas almas. Pero ahora aquí lo vemos contemplando a una gran cantidad de personas que venían a Él esperando un toque divino.

La palabra griega que la RVR60 traduce como multitudes es ójlos (χλος) y se utilizaba para denotar un gran numero incontable de personas. Posiblemente Jesús se encontraba en una colina donde podía visualiza a esta gran multitud. Mateo dice que cuando los vio sintió compasión por ellas. En este texto la palabra griega de donde se traduce compasión es splanjnídsomai (σπλαγχνίζομαι) la cual literalmente significa “se le movieron las entrañas”. Así de grande es la compasión de Jesús que incluso sus entrañas se movieron al ver la condición terrible de aquellas personas. En muchas ocasiones leemos como Jesús tuvo una y otra vez compasión de las personas (Mateo 9:36; 14:14; 15:32; 20:34; Marcos1:41; Lucas 7:13) y hasta el momento lo sigue teniendo por cada uno de nosotros. Su enorme misericordia es una característica que identifica el ministerio de nuestro Señor.

Jesús tuvo compasión de ellas porque las vio desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Por un lado estas palabras denotan la gran necesidad física y espiritual que distinguían a estas personas. Además de esto también se ve la necesidad que estas tenían de un pastor que las guiara y protegiera. No es la primera vez que aparece la figura de la oveja sin pastor en la Biblia.

En el Antiguo Testamento se presenta en varias partes la figura de las ovejas sin pastor (Números 27:17; 1 Reyes 22:17; Zacarías 10:2) y en Ezequiel 34 Dios reprende al liderazgo judío por descuidar al pueblo al cual los compara como ovejas sin pastor. Se esperaba que los líderes religiosos llevaran al descanso a las almas abatidas por el pecado en Israel por medio de mostrarles el camino de Dios; sin embargo, no fue así, antes eran vistos como sucios pecadores a los cuales ni siquiera se les querían acercar, y en lugar de practicar la justicia y misericordia, las cargaban con una serie de tradiciones y cargas religiosas que los arrastraban más al infierno, por ello Jesús tuvo compasión de ellas.

La gran necesidad de obreros. Mateo 9:37-38. Traducción en lenguaje actual (TLA). Jesús les dijo a sus discípulos: «Son muchos los que necesitan entrar al reino de Dios, pero son muy pocos los discípulos para anunciarles las buenas noticias. Por eso, pídanle a Dios que envíe más discípulos, para que compartan las buenas noticias con toda esa gente.»

Estos versículos reflejan una gran necesidad que hasta el día de hoy continúa permaneciendo: La necesidad de obreros calificados para la obra de Dios. La necesidad mostrada por las almas agobiadas y la falta de líderes que les dirigiesen a los caminos de salvación hizo que se dirigiera a sus discípulos y les dijera: A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos. Desde siempre la necesidad de hombres y mujeres dispuestos a guiar a su pueblo ha sido un factor común. Desde que el Señor libero a su pueblo Israel de Egipto y lo introdujo en la tierra que les había prometido la necesidad de un guía espiritual ha sido clave.

Durante el ministerio de Moisés y Josué, Israel tuvo un líder que los pastoreo de acuerdo a su voluntad; pero muertos estos, la nación tuvo muy pocos que se interesaron en mostrarles el camino de vida. Basta ver la historia de este pueblo a través del Antiguo Testamento para corroborar este hecho. Por ejemplo, después de la muerte de Josué el pueblo rápidamente se perdió y se volvió a los ídolos por lo que Dios constantemente los disciplinaba levantando una nación que los escarmentara. En este periodo encontramos a los jueces que ayudaron a Israel en este tiempo difícil, pero muerto el juez, la nación volvía a perderse. En el tiempo de los reyes podemos encontrar muy pocos que guiaron a Israel por el buen camino, generalmente la moral se fue degradando hasta terminar en la deportación a Babilonia.

Hoy en día la necesidad de obreros es grande, la necesidad de predicar a Cristo es inmensa pero muy pocas personas están dispuestas a esforzarse por llevar este mensaje hasta las almas necesitadas. A lo mejor estamos rodeados por religiosos o mercenarios del evangelio que lo único que buscan es su propio provecho, otros quizás permanecen indiferentes ante la necesidad, solo les importa sus propios intereses y no quieren complicarse la vida. Pero, ¿qué decisión tomaremos ante este desafío? Nuestro Señor les dijo a sus discípulos lo que tenían que hacer: Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

El surgimiento de nuevos obreros requiere oración. Generalmente, cuando en el Nuevo Testamento se habla de orar a Dios, se utiliza la palabra proseújomai (προσεύχομαι); pero en este caso, la palabra rogad se traduce de la palabra déomai (δέομαι) la cual denota una oración que expresa un ruego de una alma en gran angustia. Nuestras oraciones nunca serán iguales, todo depende de lo que estemos pidiendo y la necesidad que tengamos. No es lo mismo orar por los alimentos que orar por un familiar que está agonizando. No es lo mismo orar por algún proyecto que hacerlo cuando nuestra vida depende de ello. Muchas oraciones tal vez no denotan gran angustia en nuestra vida, pero otras nos impulsan a que derramemos lágrimas y grandes ruegos por recibir nuestra petición. 

Jesús les decía a sus discípulos que era necesario rogar, clamar con lágrimas y gran fervor a Dios el milagro que levante obreros comprometidos, dispuestos a pagar el precio del servicio y que sepan guiar a su pueblo por el camino de santidad. Esto debe ser una prioridad en nuestra vida, ya que hasta el momento sigue siendo una realidad en nuestro tiempo: A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos.

Nuestro Señor Jesucristo mostró su compasión cuando estuvo aquí en la tierra hacia muchas personas y lo sigue haciendo todavía, al ser nuestro sumo sacerdote. Nosotros como hijos y seguidores de Dios, debemos mostrar esta misma compasión hacia los que están perdido en sus pecados, al predicarles el evangelio, también por aquellos que tienen necesidades materiales, al ayudarles en sus necesidades, lo mismo por aquellos que nos ofenden, al perdonar sus pecados. Demostremos que tan compasivos somos con nuestro prójimo.

Lucas 10:25-31. Traducción en lenguaje actual (TLA). El buen samaritano: un extranjero compasivo. Un maestro de la Ley se acercó para ver si Jesús podía responder a una pregunta difícil, y le dijo: — Maestro, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna? Jesús le respondió: — ¿Sabes lo que dicen los libros de la Ley? El maestro de la Ley respondió: — “Ama a tu Dios con todo lo que piensas, con todo lo que vales y con todo lo que eres, y cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo.” ¡Muy bien! — respondió Jesús —. Haz todo eso y tendrás la vida eterna.

Pero el maestro de la Ley no quedó satisfecho con la respuesta de Jesús, así que insistió: — ¿Y quién es mi prójimo? Entonces Jesús le puso este ejemplo: «Un día, un hombre iba de Jerusalén a Jericó. En el camino lo asaltaron unos ladrones y, después de golpearlo, le robaron todo lo que llevaba y lo dejaron medio muerto» Por casualidad, por el mismo camino pasaba un sacerdote judío. Al ver a aquel hombre, el sacerdote se hizo a un lado y siguió su camino. Luego pasó por ese lugar otro judío, que ayudaba en el culto del templo; cuando este otro vio al hombre, se hizo a un lado y siguió su camino» Pero también pasó por allí un extranjero, de la región de Samaria, y al ver a aquel hombre tirado en el suelo, le tuvo compasión. 34 Se acercó, sanó sus heridas con vino y aceite, y le puso vendas. Lo subió sobre su burro, lo llevó a un pequeño hotel y allí lo cuidó»

Al día siguiente, el extranjero le dio dinero al encargado de la posada y le dijo: “Cuídeme bien a este hombre. Si el dinero que le dejo no alcanza para todos los gastos, a mi regreso yo le pagaré lo que falte.”» Jesús terminó el relato y le dijo al maestro de la Ley: — A ver, dime. De los tres hombres que pasaron por el camino, ¿cuál fue el prójimo del que fue maltratado por los ladrones? — El que se preocupó por él y lo cuidó — contestó el maestro de la Ley. Jesús entonces le dijo: — Anda y haz tú lo mismo.

La compasión es el principio fundamental ético de las relaciones de uno con otras personas y con todos los seres vivientes. Éste es el principal aspecto del amor en la Tierra y el primer criterio según el cual Dios decide: permitir a una persona acercarse a Él o no. El causar daño injustificado a las personas o a otros seres nunca puede tener justificación ante los ojos de Dios. Pero ¿qué es causar daño justificado entonces? La venganza no puede ser justificada: es una reacción egocéntrica de mi «yo» ofendido, que no debe existir.

Por lo general, la capacidad de conmovernos ante las circunstancias que afectan a los demás se pierde progresivamente, parecería ser que la compasión sólo se tiene por momentos aleatorios. En este sentido, recuperar esa sensibilidad requiere acciones inmediatas para lograr una mejor calidad de vida en nuestra sociedad.

La compasión supone una manera de sentir y compartir, participando de los tropiezos materiales, personales y espirituales que atraviesan los demás, con el interés y la decisión de emprender acciones que les faciliten y los ayuden a superar estos problemas. Los problemas y las desgracias suceden a diario: las fuerzas naturales, la violencia entre los hombres y los accidentes. La compasión, en estos casos tan lamentables, nos lleva a realizar campañas, colectas o prestar servicios para ayudar en las labores humanitarias.

Sin embargo, no debemos confundir compasión con lástima, ya que no son lo mismo. En este sentido, podemos observar las desgracias muchas veces como algo sin remedio y sentimos escalofrío al pensar que sería de nosotros en esa situación, sin hacer nada, en todo caso, pronunciamos unas cuantas palabras para aparentar condolencia. Por otra parte, la indiferencia envuelve paulatinamente a los seres humanos, los contratiempos ajenos parecen distantes, y mientras no seamos los afectados, todo parece marchar bien. Este desinterés por los demás, se solidifica y nos hace indolentes, egoístas y centrados en nuestro propio bienestar.

No obstante, aquellas personas que nos rodean necesitan de esa compasión que comprende, se identifica y se transforma en actitud de servicio. Podemos descubrir este valor en diversos momentos y circunstancias de nuestra vida, quizás resulten pequeños, pero cada uno contribuye a elevar de forma significativa nuestra calidad humana: realizar una visita a un amigo o familiar que ha sufrido un accidente o padece una grave enfermedad: más que lamentar su estado, debemos estar pendientes de su recuperación, visitarlo a diario, llevando alegría y generando un clima agradable.

Si somos padres, debemos tener una reacción comprensiva ante las faltas de nuestros hijos, ya sean por inmadurez, descuido o una travesura deliberada. Reprender, animar y confiar en la promesa de ser la última vez que ocurre. Si somos profesores, debemos ser conscientes de la edad y las circunstancias particulares de nuestros alumnos, corrigiendo sin enojo pero con firmeza la indisciplina, y a su vez, poniendo todos los recursos que se encuentran a nuestro alcance para ayudar a ese joven con las dificultades en el estudio.

Viviendo a través de la compasión reafirmamos otros valores: como la generosidad y el servicio por poner a disposición de los demás el tiempo y recursos personales; la sencillez porque no se hace distinción entre las personas por su condición; solidaridad por tomar en sus manos los problemas ajenos haciéndolos propios; comprensión porque al ponerse en el lugar de otros, descubrimos el valor de la ayuda desinteresada. Aunque la compasión nace como una profunda convicción de procurar el bien de nuestros semejantes, debemos crear conciencia y encaminar nuestros esfuerzos a cultivar este valor tan lleno de oportunidades para nuestra mejora personal:

Evita criticar y juzgar las faltas y errores ajenos. Procura comprender que muchas veces las circunstancias, la falta de formación o de experiencia hacen que las personas actúen equivocadamente. En consecuencia, no permitas que los demás "se las arreglen como puedan" y haz lo necesario para ayudarles. Observa quienes a tu alrededor padecen una necesidad o sufren contratiempos, determina cómo puedes ayudar y ejecuta tus propósitos.

Centra tu atención en las personas, en sus necesidades y carencias, sin discriminarlas por su posición o el grado de afecto que les tengas. Rechaza la tentación de hacer notar tu participación o esperar cualquier forma de retribución, lo cual sería soberbia e interés. Visita centros para la atención de enfermos, ancianos o discapacitados con el firme propósito de llevar medicamentos, alegría, conversación, y de vez en cuando una golosina. Aprenderás que la compasión te llevará a ser útil de verdad, lleva siempre en tu corazón una palabra de parte de Dios.

La compasión enriquece porque va más allá de los acontecimientos y las circunstancias, centrándose en descubrir a las personas, sus necesidades y padecimientos, con una actitud permanente de servicio, ayuda y asistencia, haciendo a un lado el inútil sentimiento de lástima, la indolencia y el egoísmo, pon en uso los dones, los talentos y el llamamiento que te ha hecho el Padre Celestial.

El juicio de las naciones. Mateo 25:31-46. Traducción en lenguaje actual (TLA). Cuando yo, el Hijo del hombre, regrese, vendré como un rey poderoso, rodeado de mis ángeles, y me sentaré en mi trono. Gente de todos los países se presentará delante de mí, y apartaré a los malos de los buenos, como el pastor que aparta las cabras de las ovejas. A los buenos los pondré a mi derecha, y a los malos a mi izquierda. Entonces yo, el Rey, les diré a los buenos: “¡Mi Padre los ha bendecido! ¡Vengan, participen del reino que mi Padre preparó desde antes de la creación del mundo! Porque cuando tuve hambre, ustedes me dieron de comer; cuando tuve sed, me dieron de beber; cuando tuve que salir de mi país, ustedes me recibieron en su casa; cuando no tuve ropa, ustedes me la dieron; cuando estuve enfermo, me visitaron; cuando estuve en la cárcel, ustedes fueron a verme.”

Y los buenos me preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer? ¿Cuándo tuviste sed y te dimos de beber? ¿Alguna vez tuviste que salir de tu país y te recibimos en nuestra casa, o te vimos sin ropa y te dimos qué ponerte? No recordamos que hayas estado enfermo, o en la cárcel, y que te hayamos visitado.”

Yo, el Rey, les diré: “Lo que ustedes hicieron para ayudar a una de las personas menos importantes de este mundo, a quienes yo considero como hermanos, es como si lo hubieran hecho para mí.”

Luego les diré a los malvados: “¡Aléjense de mí! Lo único que pueden esperar de Dios es castigo. Váyanse al fuego que nunca se apaga, al fuego que Dios preparó para el diablo y sus ayudantes. Porque cuando tuve hambre, ustedes no me dieron de comer; cuando tuve sed, no me dieron de beber; cuando tuve que salir de mi país, ustedes no me recibieron en sus casas; cuando no tuve ropa, ustedes tampoco me dieron qué ponerme; cuando estuve enfermo y en la cárcel, no fueron a verme.”

Ellos me responderán: “Señor, nunca te vimos con hambre o con sed. Nunca supimos que tuviste que salir de tu país, ni te vimos sin ropa. Tampoco supimos que estuviste enfermo o en la cárcel. Por eso no te ayudamos.”

Entonces les contestaré: “Como ustedes no ayudaron ni a una de las personas menos importantes de este mundo, yo considero que tampoco me ayudaron a mí.” Esta gente malvada recibirá un castigo interminable, pero los que obedecen a Dios recibirán la vida eterna.

Bendiciones.

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